La poesía

 

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Oleo de Jan Díez.

 

 

¿Qué es la poesía? Me retas.

Sabes que no lo sé, y afilas un mohín divertido en tu mirada.

Sabes que no lo sé, pero no importa… Me dejo llevar.

Tentado estoy en decirte que poesía es:

¿Cómo lo diría yo? ¿El Camino, quizás? ¿Quizás la Música, la Hoja, la Nube fulgurante, el Beso¿ la intimidad de las Mucosas quizá?

Pero… ¿por qué no? también la Mirada y las Rejas, el fragor de la Batalla, la Metralla en las Entrañas, el último Halito; el Puño airado, levantado sobre Cabezas cargadas con pólvora de esperanzas.

La razón no alcanza, pero la intuición ya galopa y viene,

 Y llega enfebrecida hacia a mí en medio del páramo

desbocada, pifiando, arrancando el pasto con los cascos.

¡Lo tengo! ¡Es La palabra! ¡eso es!

La poesía no es sino eso mismo, justo esa palabra y no otra.

Pero no tanto ella sola, también con las que se hace acompañar.

Las palabras, ¡Sí! ¡Mejor!, pero no todas.

Nunca aquellas que exigen y explicitan.

Nunca las que ordenan y fallan veredictos.

Son, más bien aquellas ambiguas que susurran y sugieren.

Solo aquellas que acarician, las que musitan resonancias al oído.

Solo las que arrullan,  las que musitan resonancias al oído.

 

De la nada a la nada

            En una calle céntrica de Manila, una adolescente vestida de colegiala sube las escaleras hacia la habitación del burdel. Es consciente de la atracción que emana. Deja su culo oscilar lúbrico ante los ojos ávidos del cliente que la sigue.  En el mismo instante, en Thessaloniki, en la plaza Aristotelou esquina Demosthenous, frente al Electra palace hotel, Hipatia Sarydakis baja la persiana metálica de su tienda de ropa para bebes por última vez. La invade una mezcla de nostalgia y piensa en las Termópilas. En Mirny, en la Siberia oriental rusa, Yuri Vólkov sueña con una isla del sur cuajada de palmeras. Acaba de salir de su turno en la mina. Rebusca entre sus excrementos. La piedra debe estar ahí. Mientras tanto en Clearfield, Utah, el adolescente Ed Bartlett besa por primera vez a su chica. Están sentados junto al lago. Permiten que millones de burbujas invadan sus cuerpos. Son dueños del futuro. Y en el Leí Café. En el aeropuerto de Wuhan, al suroeste de China, el señor Jiang espera impaciente un avión. El que le llevará a visitar a los suyos al norte del país. Ahora, en la gran barrera de coral, frente a la costa de Port Douglas, un tiburón blanco sin nombre nada. Curiosea ajeno a lo peligroso del encuentro. Se acerca a unos extraños seres de goma negra que burbujean; y en Damasco, Omaya Aaminah da por terminada la clase. Mira salir a los niños al patio por última vez mientras una columna de carros de combate se acerca desde el fondo de la calle para tomar posiciones. En Joló, los restos de un tal Salvador Casadabán convertido en cenizas, descansan bajo unas palmeras tratando de sobrevivir al tiempo viajando de uno al otro extremo del vacío. (continuará)

En el vértigo del tiovivo, vio una imagen, la de su hijo: el que nunca tendría. Despertaba sudado. Desaparecía en un espacio negro, como en una mina de carbón. No estaba seguro de si había soñado con un dolor en el pecho. El pinchazo en el brazo izquierdo persistía como un reflejo. ¿Era una pesadilla? Sentía que encendía la luz, que clavaba la vista en el techo del bungaló y la realidad se iba recomponiendo a su alrededor, que los muebles se desintegraban y se reintegraban lentamente y los cuadros se materializaban sobre las paredes; que Monet y Degas seguían ahí, colgados, que las bailarinas engasadas atendían al maestro. No sabía si aquello era un sueño pero todo parecía estar en su sitio, aunque no podía mover ni un músculo. ¿Estaba dormido? Intentaba chillar para despertar y no podía. Sentía que el cuerpo no obedecía, que no encontraba el comando para hacer un reset. La ansiedad se le agarraba a la garganta. Le atenazaba. Se sentía mareado. Buscaba con los ojos el teléfono. Estaría ahí, sobre la mesita de noche, cargando las baterías. Intentaba incorporarse, la angustia le aferraba. Escuchó a su interior, el corazón latía desbocado. No se podía mover, ni siquiera podría llamar a Yangguan…

Lo que notaba como el reflejo de unas ligeras punzadas en el brazo, fue decreciendo hasta desaparecer. Ahora el cuerpo pesaba, respiraba, sudaba, pero seguía inerme. Intentaba girarse para caer de la cama; esto, sin duda, le despertaría. Tras varios esfuerzos inútiles por precipitarse al suelo se abandonó a su suerte.

De repente el brazo le dolió como si se lo arrancasen y un peso invisible le oprimió el pecho. No pudo respirar más y se deslizó, como un trasatlántico tragado por un Maelstrom, girando en un vórtice de imágenes sucesivas.

 

 

«Quiero estar conmigo mismo todo el tiempo que sea posible, Paula. El santuario rueda en la noche con los faros encendidos, el paisaje pasa follado. Nadie, enfrente no hay nadie, solo yo, ninguna luz. ¡Salvador! No, tú todavía no lo sabes. Hablo con migo mismo ante el espejo. Recobro la vida. Tú te reinventas, yo sigo en el asiento delantero. El coche se detiene, la realidad me arrastra fuera del sueño, yo vivo si tú vives ¡Inventa, coño inventa! Necesito un mundo, necesito contar, me difumino en lo cotidiano, no puedo vivir fuera de la otra realidad, la vida. Tu y yo, la noche. La cerveza se calienta, las pardelas han cesado, Yangguan se marcha. Si inventaras surgiría nuestro pequeño mundo. Es siempre de noche. La velocidad diluye los fantasmas. Yo, juntos en el coche. Yo y mi otro yo sobre la autopista, seguros. El mundo está fuera, el coche pasa follado, conduces, conduzco, viajo a tu lado. Tengo mil caras. El mundo es un poliedro irregular. Mis infinitas facetas están a salvo, escondido en los entresijos del infinito. Ella llora, la penetro, me licuo, sonríe, se enjuaga las lágrimas, Mahmoud mira, solo mira. Ella crea mundos para mí, puedo pertenecer, ¡Ah, la noche! ¡Nadie! enfrente no hay nadie, las rayas blancas se abren. El coche taladra la noche, pasa follado. Yo soy tú. El coche taladra la noche, la viola. Tu yo reinventado, cuando todo termina me abandonas, desaparezco en un mundo imposible. Hazme vivir lo que no puede ser, se trata solo de poder seguir, de mandar todo a tomar por el culo. Me escapo de la noche, salto del coche, el miedo pasa ante mí, pasa a toda hostia por la autopista. No me da miedo vivir hacia afuera. Las cadenas quedaron en el fondo, quedaron tras la estela del barco. Día a día me reinvento de nuevo. Sole, la playa, los cocoteros agitan los brazos, el sudor de la frente me refresca. Ya no me queda paciencia, ni fe, ni siquiera esperanza. Hago fuerza con los ojos, todo estalla: ojos, venas, masa encefálica. Tensión. Estoy cansado de esperar a ver los féretros de mis enemigos. Nunca pasan los cadáveres que quiero ver. Los proverbios: una estafa, no hay cadáveres. Solo pasan féretros de amigos. Estoy harto, golpeo el muro, el puño cerrado. Les meto por el culo un cartucho de dinamita. Me duelen los nudillos de tanto golpear. Espero la lluvia de sangre, espero que caigan jirones de carne aún palpitante. La gente somos lo que somos, ¿personas que esconden caras inéditas? ¿Un teatro? ¿Es solo eso la vida? ¿Un puto teatro? ¿Mascarones empujados por el jodido guion? El mundo es lo que es, no me voy a cortar un pelo, me la suda, caiga quien caiga. No me puedo mover, sudo en frio. Quebraré el sello, la caja, Pandora, desparramaré el contenido, la mierda, el tiempo, las máscaras. Lo veo bien, no puedo ni parpadear. Un millón de Sísifos suben piedras a la cumbre, la playa, la arena. La representación, el guion, las personas desaparecen. Un ejército de cadáveres vocifera.  Pide paso a la carne putrefacta, a las arrugas. Todos se tapan los ojos, la verdad va escupiendo a la cara ¡Resiste por dios! ¡Quiero vivir un poco más! ¡Caiga quien caiga! ¿Dios?, que así sea ¿Sus carniceros? También ¡A tomar por el culo! ¡Dios fresco, recién sacrificado! ¡Oiga! ¡Gran oferta! Dios carneado. El cadáver de Dios cuelga de los garfios que atraviesan los tendones de Aquiles. Gotea sangre por la comisura de los labios, la nariz del judío gotea. El carnicero gordo, la mano, el anillo, la tiara, vuelve a gritar: ¡Dios fresco al peso! Un machetazo separa una pierna. ¿Prefiere el jarrete entero o se lo hago filetes? El encorvado por el excesivo peso de la cruz de oro extiende la mano. Cobra el dinero, lo guarda en  el sagrario. Me concentro, fijo la vista en el horizonte. Hago fuerza como para cagar, el planeta no estalla, otro día será. ¿Y si  vomito un panfleto? ¿Y si todo esto no es sino un asiento de inodoro lleno de restos a medio digerir? No, no quiero morir todavía, necesito saber…» (Continuará)

SOBRE EL LIBRO

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