El teorema de Cándido

El teorema de Cándido.

por

 

—Cándido Sancho. —

(Lo niego todo: J. Sabina)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta

sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta

no hay lugar.

Don Jorge Manrique: (Coplas a la muerte de su padre)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Perspectiva cenital.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Introito. A ver si no se me entretiene mucho el Moisés que ya ando pelín cansado de todo este barullo ¡Dios vendito!, ¡qué fauna! Joder con la movida. Ya nos vale a todos, ya. La que hemos liado entre unos y otros esta noche. Casi nada, una boda y un funeral el mismo día, nada más y nada menos, tú. Si es que… Bueno, que nos vamos ya de una puta vez, y a ver si es para siempre. Venga, tío, aligera, que nos queda carreta y manta hasta decir basta… Me temo que va a ser un viaje bastante aburrido, uno de esos más largo que un día sin pan. A ver si con ayuda de Simone me olvido en Saigón de esta peña de piraos, porque…, mira que están zumbaos los jodidos, que ya no son años… No me mires así, tú; de primeras, no te fíes nunca de las apariencias de la peña, no te vayas a pensar, Arístides…A primera vista no te niego que yo pueda parecer un poco tarambana, que no te digo yo que no. La cosa es que engaño bastante, que mis buenos dos años de medicina no hay quien me los quite. Aquí donde me ves, después de todo, a pesar de esta facha y este nombre que he sufrido como un estigma, confieso que nunca me las he dado, que siempre me he tenido muy callado mi descubrimiento físico-existencial. Será cosa de viejos enamorados o mandangas de esas. Llámame loco si quieres, pero que tengo mi teorema y todo: “El teorema de Cándido” ¿Qué te parece? Suena bien, ¿eh? Vale, no me voy a engañar, no es que suene muy allá; en realidad suena como el culo, pero mira…, es lo que hay. No te lo vas a creer, colega. Me venía rondando hace unos años hasta que no me ha quedado otra que tomar conciencia de lo que en realidad soy y que por eso he vivido como he vivido. La cosa es que ya he llegado a la más íntima convicción de que encarno a un ser estelar. ¡Toma ya! Tú dirás: «yo te veo como un tipo corriente» Sí, sí, corriente…, pero hecho de carne de estrella nada más y nada menos. Y lo que es más sorprendente, (que me perdone mi madre) un ser enteramente parido por una estrella en tiempos primigenios, lapso que el cerebro de la gente común se niega a abarcar entre sus estrecheces y cortas miras. La verdad, que quede esto entre tú y yo, te podrá parecer que mis apariencias son como las de todo el mundo, pero no te engañes, que no. A pesar de la opinión de mi abuela, siempre me he considerado un fuera de serie, modestia aparte. De todas formas, ahórratelo, que no hace falta que se me restriegue que he vivido despreocupado de todo como la mayoría de esa gente que no se entretiene más que con mingadas superficiales; a lo de la familia, el curro, las cervezas, los amigotes y el futbol me refiero, ya sabes; pero no es como para rasgarse las vestiduras, porque, a veces, como que era una manía mía eso de quedarme colgado pensando en el más allá, tío. El caso es que, en ocasiones, cuando no tenía gran cosa que hacer, me quedaba en Babia tratando de descubrir el sentido de la vida; ahí es nada: el sentido de la vida, nada más y nada menos. Por poner un ejemplo: en el cockpit del avión. Cuando alcanzábamos la altitud de crucero y poníamos el piloto automático, como no había nada más que hacer, como que me daba por pensar en cosas profundas, tú. Volando de noche llegué, como quien no quiere la cosa, a la convicción de que esa superioridad mía era efecto de mi ascendencia; y no por lo de estar siempre sobre la superficie a treinta mil pies de altitud, no, porque…, has de saber, Arístides, que a las estrellas les debemos todos y cada uno de los átomos de nuestra intrincada química. El caso es que un día, mirando hacia la vía láctea, descubrí la verdad absoluta tras aquel amasijo de luz. Me fue concedido saber que, al fin y al cabo, todos y todo estamos hechos por fuerza de alma de estrella, y en semejanza a nuestra madre estelar estamos íntimamente constituidos por su carbono, por su hierro, por su nitrógeno. Ellas, a las estrellas me refiero, nos legaron desde lo más esencial y profundo de su ardiente útero todo lo que hoy somos: el silicio, el calcio, el cromo, el potasio, el amonio, cinc, magnesio, bromo… Porque hay que ver que poca cosa somos, al fin y al cabo: átomos provenientes de la reacción nuclear que se daba y se sigue dando en el plasma incandescente de gigantes rojas remotas que desaparecieron hace ya eones. Pero los átomos primordiales, los que dieron origen a todos los otros, a los de hidrógeno y helio me refiero, son harina de otro costal. Estos se los debemos, solo y exclusivamente, a la fusión nuclear del hidrógeno estelar y a la explosión primigenia que desencadenó la creación del universo y liberó a las cuatro fuerzas fundamentales que lo rigen: La gravedad, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear devil. Llámalas Dios si prefieres, como la inmensa mayoría, sabes lo que te digo, ¿no? Y no te pierdas la movida esa de lo de la paradoja del Schrödinger: eso de que un gato en una caja pueda estar vivo o muerto al mismo tiempo dependiendo de quién la abra y lo mire; y lo dicen físicos con premio Nobel todo serios. Al principio piensa uno que le están vacilando, pero no, lo dicen poniendo esa jeta circunspecta de los sabios, tú. Por cierto, que, si se te presentan así, sin bata y sin barba, como que no son de creer; más bien podrían parecer gente corriente que se ha fumao un join de maría, y punto pelota. La cosa es como para mear y no echar gota, oye. Pero has de saber que mis átomos, no se los tuyos, son de una categoría superior a todos los demás; ahí donde me ves, mis moléculas, mis átomos, y todas sus partículas, son materia enamorada, ahí queda eso.

Pues oye, que, ya que estamos, se me ha ocurrido que te voy a contar mi vida de cabo a rabo desde el principio, mira tú por dónde. ¡Pásmate Arístides!, de pronto lo vi. ¡Hostias! Estaba levitando, tú. Desde ese mismísimo instante supe que era él: el señor “D.” en persona. Estaba claro que ese ser y no otro era el tipo que cortaba el bacalao allí. El pavo esperaba en medio de un escenario que no era un escenario propiamente dicho. Para ser el mismísimo señor “D.” era un poco… ¿Cómo decirlo para no herirlo demasiado en el amor propio? La cosa era que no estaba acostumbrado yo a creadores gordos y paticortos. Si lo ves…, es que parecía un ángel de obesidad mórbida con cara de demonio borracho. Yo me dije: «Anda que si el engendro este va a ser quien me cree…, estamos apañados» Ya que no me negaras qué si se te presenta el mismísimo señor “D.” de repente, con aquella túnica llena de lamparones de grasa, te vayas a creer tú que pueda ser ese tipo el creador de nadie. Pero ¡en fin!: misterios de la teología. ¡Mira! Por ahí viene el Mercedes. Como te decía, el caso es que se me había aparecido a bocajarro: ¡Así!, ¡de sopetón!, como por arte de encantamiento. Estaba allí, en un rincón, pasando de mí como de la mierda. Yo le miré. Para preguntar no me quedo otra que arrugar la frente en un signo de interrogación, como pidiendo instrucciones, ¿sabes? Fue debido a que intuí que él era el padrino. Aquel tipo respondió mirándome con ese enorme ojo que levitaba en medio de la frente de cartabón. Ese día descubrí la telepatía, ya que lo que se llama hablar: no dijimos ni mu.

Ya está aquí el Moisés. Anda, sube al coche templao. En fin, si no queda otra… Es que cada día me da más pereza viajar, aunque no hay mal que por bien no venga, tío, así tendremos tiempo de ir conociéndonos tú y yo, Arístides. No sé por qué le dejado conducir a este en su estado. Es qué, ¡con esas manos! Mira que es tozudito el colega; si se empeña…, date por jodido. Por cierto ¿por qué te puso Arístides? Desde luego, Simone será siempre Simone ¡Estas francesas!

¡En fin! Conduce con cuidado Moisés, que no sea por no tener tiempo. El vuelo no despega hasta el martes. ¿Todavía te duelen las quemaduras? Bueno, mejor así, pero conduce con cuidado. Ahora que parece que ha llegado el momento…, a ver si vamos a tener un percance y la jodemos. No veas tú el tiempo que he estado esperando este instante. Toda una vida se podría decir, aunque no las tengo todas conmigo.

¡Desde luego! A Saigón nada más y nada menos que se nos ha tenido que ir la pajarita, y porque no había nada más lejos ¿Qué coño se le habrá perdido a la niña en ese sitio tan a tomar por culo? ¡En fin!, que como decía mi abuela la Guadalupe: «El que algo quiere…» ¿Sabes, tío?, nada, que la ocasión la pintan calva. Lo siento por ti que te vas a mamar una turrada de cojones. Eso sí, si la cosa va a mayores no se te ocurra saltar en marcha; avisas y me callo.

¡Bueno! Pues ahí va. Empezaré por el principio, del principio, del principio, incluso; y porque antes no se podía, que si no… Te lo contaré a vuelapluma que yo no he sido mucho de detenerme a sopesar bien las cosas. Ya iras viendo, a medida que vas conociendo la historia, que la vida me ha ido llevando a donde ha querido ella a pesar de ser un tauro de los de armas tomar.

Pues resulta que la cosa comenzó… ¡Imagínate la movida tío! Pues nada, que, como el hombre no tiraba ni para adelante ni para atrás, hice de tripas corazón y, de buenas a primeras, como nadie lo hacía, me presenté a mí mismo para romper el hielo. Me acerqué donde él estaba y le solté como quien no quiere la cosa:

«El señor D, supongo, o al menos una de sus formas. Tanto gusto. Cándido-Eufemio Sancho, para servirle. Bueno, para servirle, para servirle, lo que es para servirle… Es que, como usted bien comprenderá, esto de “para servirle” le sale a uno así, sin apenas pensar en ello; ya me entiende, de forma automática ¡vamos! Pero ya iremos viendo más adelante señor “D”.»

No te extrañes de que esta narración dé comienzo desde antes incluso de ser concebido un servidor, ¿sabes lo que te digo?, ¡a ver!, si esas movidas de la física quántica cuelan…; me refiero a eso de que los fotones entrelazados comparten propiedades instantáneamente a millones de años luz y también que las partículas se comportan de la manera en la que lo hacen solo porque las vemos y medimos, y que si uno no mira son diferentes. Pues eso, que si eso cuela no sé por qué no va a colar la historia de mi vida que no es ni la mitad de rara, ¿estamos? Vale, voy al grano, que se trata de contar de cómo llegué aquí y la lié como la lié. Quizás la mía sea una narración quántica tambien, porque rara…, ¡ya te digo!:rara de cojones. Pero lo que te digo…, ¿y si yo no hubiese nacido…?, ¿eh? ¿habría existido el universo? ¿Qué me dices a eso? En fin…, como te decía… Pues nada, que, tras presentarme con educación, ¿sabes que hizo el tipo? ¡Joder, Arístides! Pues que si te digo nada es mucho decir, que ni se dignó mirarme el tipo. El alelao aquel va y pasa de mi como de la mierda y sigue a lo suyo, que en realidad era no hacer nada de nada, por ese simple detalle deduje que era el mandamás. Como lo oyes, el jefe de todo el cotarro. Aunque no creas tú que me amilané, no; ¡pues bueno es un servidor!… No es que yo sea muy de echarle cojones a la brava, pero, eso sí, a tozudo no hay quien me gane, que todo hay que decirlo. Como todavía no existía, no se podía decir aún que fuera un tauro, pero algo había, así que yo…, ¿no quieres taza…?

«Por ahora todo bien, señor “D.” pero…, si me permite, solo una pequeña, queja, bueno, en realidad…, dejémoslo en una puntualización. Que le conste a usted oficialmente que no estoy recibiendo ninguna facilidad para empezar con la movida esta, nada parecido a los otros, a los de su parte me refiero, para los enchufados, para los que todo está previsto y más que previsto. ¡Sin acritud!, sobre todo. Usted entenderá que no me quede otra que protestar. Pero, ante todo, mis respetos, que no se diga que lo cortés no quita lo valiente.»

Entenderás, tío, que me quejase a él en persona, porque no sabía entonces que el tipo había delegado mi creación a uno de sus súbditos y ni me lo dijo. Resulta que al llegar al principio de esta historia noté como que me habían mandado con lo puesto, o sea: nada, y cuando digo nada, es que era nada de nada. Entre tú y yo…, si ya se había dado luz verde a mi nacimiento en alguna de aquellas altas instancias, ¿qué menos que haber previsto el entorno al que llegaría?, vamos, creo yo ¿no te parece? Pues no; aquello debía ser algo como un departamento lleno de funcionarios compartimentados en cajitas. (Little boxes: Pete Seeger) Me lo imagino como una de esas inacabables oficinas de película americana que parecen una pesadilla del Kafka ese. Yo no sabía ni quien era yo mismo. Para mí, que el sitio ese donde reside el señor “D.” tiene que ser algo como un alto ministerio, algo difuso y lejano, ya sabes…, por lo de las pelis lo digo. Así que, como bien podrás comprender, compañero, pensé que bien se me podría haber proporcionado un lugar mínimamente dotado al que llegar. ¡Vamos! ¡digo yo!, que tratándose de un todopoderoso ¡qué menos!, ¿no crees? Pero el hombre, al fin y al cabo, aunque algo pasota, eso sí, fue coherente ya que no intervino ni para bien ni para mal. Se limitó a escudriñar el infinito como quien no quiere la cosa y santaspascuas. Sería por lo del libre albedrío ese tras el que se escuda y evade su responsabilidad en la chapuza. ¡Ve tú a saber! En fin, que para empezar a existir no tenía ni a donde agarrarme siquiera. No tenía lo que se dice nada. Nasti de plasti.

Nada por aquí, nada por allá, et ¡voilà! (Motettorum. Liber quintus:VI parce mihi domine: Giovanni Perluigi da Palestrina) Pues la cosa se presentaba más que jodida. Yo creo que ni se habían formado siquiera los átomos o las partículas subatómicas. Para mí que estábamos en la fase de cuerdas todavía; porque, como quiera que el lugar en el que yo tenía que ver la luz, y que de momento era tan solo un no-sitio, se hallaba fuera de mi alcance, algo tendría que hacerse al respecto por parte del tipo aquel tan estrafalario a la par que mayestático. Reconociendo también que yo no era más que un no-nato cualquiera, y que… Pero…, ¡qué digo nonato!, un no concebido, eso es lo que era, que aquello representa una fase anterior. Bueno, el caso es que se presentaba todo ¡tan caótico!, ¡tan raro…!

Lo que estaba claro es que me hallaba prisionero en una fase pre-conceptiva, pero algo comenzaba a desbloquearse, lentamente, como en un deshielo. ¿Has visto alguna vez lo de la morrena del Perito Moreno? Sí hombre, el glaciar. Pues eso mismo. En fin, que llegué a un sitio…, en realidad, llegar no es que sea el verbo adecuado, la cosa fue más bien como que todo se rematerializaba a mi alrededor al mirar. En ese lugar terminó por erigirse, en medio de ninguna parte, una puerta que comunicaba todo con todo, o lo que es lo mismo: la nada con la nada, ya que no existía muro alguno a sus lados que pudiera contener algo. Era la representación física de una metáfora, algo que habría que cruzar para emprender el típico viaje iniciático.  Como te lo cuento, Arístides. Entonces fue cuando se abrió y apareció su señoría el señor “D.” Fue en ese preciso momento, lo intuí por la tensión que flotaba en el ambiente. Aquello que tarde o temprano tenía que pasar iba a suceder de un momento a otro, lo sentía a ras de piel como si de electricidad estática se tratase, ya sabes: lo del jersey cuando te lo quitas. Sin duda alguna, la puesta en escena era la de un mago de los buenos, como los de la tele de Norteamérica, pero… ¿qué pintaba yo en mitad de semejante movida? (Ruby, my dear: Thelonious Monk.)

«¡No hay derecho! ¿Puede saberse a qué se debe que se me presente usted con esa facha a mi concepción? ¡Bien empezamos!»

Se lo tiré a la mismísima jeta, así, con una potente carga implícita de reproche a pesar de mi ascendiente demoníaco. Ya sé que lo mío no es que haya sido nada serio, a mi vida me refiero, pero es que… ¡presentarse borracho…! ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¡Qué cuajo! Más vale que no se haya enterado mi pobre abuela. ¡Tremenda decepción! Con la fe que le tenía la mujer.

¿Te puedes estar tranquilo un poco, Arístides?, que me pones de los nervios venga a removerte, a ver si coges postura de una vez y me escuchas. Bueno, hablaré de mí mismo que es lo que he comenzado a hacer, al fin y al cabo. Mira. Ya no se ve ni las luces de Pontalvo. Por cierto, una caña el coche. No sé si lo sabes, pero es que ronda los cien mil este Mercedes.

Bien, como no podría ser de otra manera continuaré narrando el principio; más exactamente, el principio del principio. ¡Imagínatelo! Aparezco allí. Todavía no existo, no creas, ni siquiera como anteproyecto. Como te decía, todavía no sé muy bien si soy o no un ser hecho y derecho, ni qué coño pinto parado en medio de aquel sitio. Solo recuerdo que la percepción, desde la perspectiva de un puñado de partículas que en potencia podrían ser yo mismo, es que hay una puerta, o al menos eso me parece divisar entre la bruma.

Sí, ahí está, desafiante como todas las puertas, un poco tentadora tambien. Le va bien el género.  La cruzo con un poco de aprensión, ¿sabes? Como estoy en esa fase que es todavía un periodo mágico de la vida de las personas, no sabe uno a que palo quedarse ni con qué se puede encontrar al cruzar de la nada a la nada. A estas alturas, para qué nos vamos a engañar, camino sin vacilar hacia el fondo del espacio vacío mirando hacia todos los posibles rincones, pero ahí, por no haber, no hay nada que responda al concepto de rincón. No es todavía ni tiempo de geometrías ni logolatrías. Todo está oscuro como boca de lobo. Un resplandor brota de repente; surge de la materia onírico-cuántica en un punto impreciso de la malla de espacio-tiempo soñado. Estalla como la explosión de una diminuta estrella supermasiva sin combustible suficiente que viene a dar en una supernova. Sin venir a cuento miro hacia arriba, hacia la parrilla de luces, para ver cómo se forman las estrellas y las galaxias de mi universo. Pero, como que no logro recordar en esta nueva especie de vida lo que por ventura o desventura fui antes de que sucediera esto, y si es que existió ese pasado. Sospecho ya, desde esta temprana no edad, que solo cuento con la predecible ley del azar para acabar existiendo. Como no logro recordar nada, ni nada sé de la mecánica del universo, ni de la causalidad, ni de dioses creadores, ni de demonios libidinosos agazapados entre quarks y gluones esperando su oportunidad, ni de las partículas elementales, ni de la energía oscura, ni de la antimateria, ni de los dados trucados del señor “D.”, no puedo vislumbrar en qué momento preciso se me dotará de formato. Solo sé que no sé nada, que algo es algo para comenzar, pero intuyo que la cosa está al caer.

¡Un sindiós!, que no sabe uno en esos momentos para donde tirar. En ese preciso instante, servidor se encuentra…, ¿cómo explicarlo? como un sistema operativo virgen de tensión eléctrica y sin datos para más inri, ¿sabes lo que te digo?, así que no podía recordar nada antes del formateo. Sería intuición o no, pero eso sí, fuese como fuere, como que se me había reciclado rescatándome de un vertedero de almas usadas con el fin último de que toda la compleja mecánica del universo encajase, si es que alguien me había creado, que eso era algo que estaba aún por ver. Es bien sabido que la energía espiritual ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Aunque…, ¡para el carro Cándido!, piensa bien lo que dices… No, tengo que reconocer que la cosa no fue así, que rectificar es de sabios y aún estoy a tiempo. De eso no cabía la menor duda, ya que mi alma había sido concebida por obra y gracia de una de las formas que adoptaba el señor “D.” como creador primigenio en cualquiera de sus representaciones terrenales; incluso las antagónicas, porque este tipo, al señor ”D.” me refiero, padecía de un claro desdoblamiento de personalidad y gustaba de encarnar formas de sus propios enemigos solo por el gusto a la polémica y la provocación. ¿Me sigues, Arístides?

Por cierto, que como el tipo tendiese a no contestar a mis ruegos cuando más lo necesitaba, entendí que, desde ese preciso momento, tendría que buscarme la vida yo mismo, y si quería nacer, tendría antes que apañarme un sitio donde vivir y desarrollar mi existencia, no como los que venían con la documentación en regla que llegaban a tiro hecho.

A resultas de que el chapucero del demonio menor al que se le encargó la custodia de mi vida se hubiese fugado tiempos atrás del infierno con una de sus clientas: un pibón del ballet de Moulin de la Galette, que no estaba nada mal la tal Colette, por cierto, que tambien me dejó hacer a mi bola aquel demonio y quedé al albur del más libre de los libres albedríos. No está mal diseñada la estratagema de esos. ¡Fíjate! Qué listos: «Como poseo un poder infinito, te creo para que me sirvas en todos mis caprichos, pero libre, eso sí. Tú, esclavo, pero a tu libre albedrío. Ahora bien, como no te enrolles…». ¡Cojonudo lo del prenda!

Te lo digo como lo pienso: No queda la más mínima duda, ahora que las imágenes de recuerdos se confunden y entremezclan, que, para mí, al sitio al que había llegado tras la consabida manipulación del ectoplasma de cuerdas infinitesimales que me formaría como ente pre-humano en el vivero de almas, aparecía como un escenario, pero como vacío de attrezzo, no sé si me explico. En realidad, decir que me encontraba sobre un escenario era mucho presuponer. Lo cierto es que me sentía como atrapado por un cilindro de luz lechosa rodeado de una materia oscura esencial. Era como volar de noche sin horizonte artificial. Ni siquiera se había molestado, quien quiera que fuera el del attrezzo, en instalar una superficie donde posar los pies. En aquel lugar solo se encontraba mi alma, ni siquiera mi yo como ente físico. ¿Sabes cuándo te secuestran los extraterrestres? Pues eso, todo parecía apuntar a que aquello suponía un primer ensayo del libreto de una obra loca y surrealista. Solo hubiera faltado E.T. ¡Ah claro!, a toro pasado, sí, sí que es fácil de imaginar, pero hay que verse allí.

Desde la perspectiva actual, es fácil darse cuenta que mi vida debería haber echado a andar como guiada por el libreto de cualquiera de los dramas disponibles, aunque yo me empecinase tercamente, como predestinado, en que mi vida resultase un pastiche representado más en clave de comedia que otra cosa. Así que mi existencia no supuso nada más allá de un estúpido deambular, de ir de la ceca a la meca, de tropezón en tropezón, nada serio.  Pero, a lo que importa, Arístides. Incluso antes de nacer, resulta que tomaría conciencia de que mi mundo estaba por ser creado también. No existía todavía ni la pequeña ciudad de provincias en la que vi la luz, ni campos de cereal mecidos por oleadas de céfiro, ni el caudaloso río, ni el molino, ni la era con la fajina de paja. Tan siquiera el tejado de la paridera, tras el que voló la primera oveja aeroespacial de la comarca, esa que yo siempre recordara con la misma añoranza que los rusos rememoraban a la perra Laika.

¡Imagínate qué movida! Estoy a punto de volverme por donde he llegado cuando el tipo va y comienza a proyectar iridiscencias intensísimas alrededor del cuerpo místico como un aura de tecnicolor con objeto de llamar la atención; como los pavos reales, pero en místico. Es en el mismísimo momento en el que aquel trozo de ectoplasma sin definir se convierte en mi alma por fin. Vamos por buen camino. Yo, como siempre, voy y me adelanto a los acontecimientos. Sorprendido por el sortilegio, repaso el volumen de lo que yo creo es mi recién estrenado organismo palpándolo con las manos. Al acariciar el vacío, no tardo en comprobar que todavía no se me ha dotado de cuerpo material ni manos con las que palparlo. No cabe la menor duda, aún no se puede decir que haya nacido el tal Cándido, que es el personaje al que acabo por interpretar al final de todo este mogollón. Aparte del mencionado señor “D.”, que aparece sobre el escenario como un figurante cualquiera, no me acompaña nadie más el día feliz en el que comienzo a ser.

Lo que sí recuerdo es que yo venía con mucha prisa por vivir y rodearme de cosas, pero algo hizo que aprendiera a esperar paciente mi turno y dar tiempo al tiempo y que a mí alrededor terminasen de surgir todas esas menudencias que uno necesita para vivir cómodamente. Pasa como con las setas, tío. Que no, que por mucho que te empeñes, no queda otra que esperar a que llueva, si no, nanai de nanai, aunque también puede uno recurrir a una regadera. La vida consiste, básicamente, en saber esperar, aunque uno no sepa muy bien qué o a quién, ya sea al mesías, a que llueva, o al tal Godot ese tan raro, o si no: a regar. Lo mismo da. Como tras esperar un montón de rato las cosas no sucediesen por sí mismas, entendí que no quedaba otra que ser yo mismo quien me pusiera manos a la obra ¡Con dos cojones! Ahora iría de creador. Cosas del guion.(Continuará)

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